Mi Karma de hoy.
En la mañana me levante como de costumbre, saludé el sol,
para luego dedicarme a mis acostumbrados deberes de mi hogar. Muy temprano me
desocupé para ir a una reunión “de suma importancia”, en la que fui convocado
por unos compañeros que tenía mucho tiempo que no veía. Lamentablemente al llegar al encuentro pautado, me percato de
la poca convocatoria, además de la pavorosa desorganización colectiva reinante
en aquella gigantesca pero desolada sala del Ince de la Av. Lara de la ciudad de Valencia, en el estado Carabobo.
En aquel momento pensé: ¿Por qué carajo me hacen perder mi
tiempo?, siendo que hoy mismos pude haber formado parte de un importante foro cultural,
del cual yo era uno de los principales exponentes en Parque Central de la
ciudad de Caracas. Me molestó muchísimo el hecho de que pude haber perdido un
espacio de participación, el cual nos permitiera a mi colectivo y a mi tener un
mayor saldo organizativo, me sentí incómodo y abrumado, sin embargo, asumí mi
equivocación al elegir el evento equivocado para ese día de mi vida, razón por
la cual me dispuse a regresar a mi casa, para continuar con el trabajo que
pude haber adelantado.
De camino a mi casa, a unas pocas cuadras de aquella la que
yo pensaba que era una muy mala experiencia, me gritó una señora que estaba
parada y atemorizada casi en medio de la calle (en una acera de esas que llaman
isla): ¡”SeñoR, por favor, ayúdeme a bajar de aquí, mire cómo está la basura y
no permite bajar”!, inmediatamente, me percato que la señora era como de unos
60 años y además tiene una condición de discapacidad motora y con su bastón no
podía ciertamente bajar de esa acera, porque corría un gran riesgo de caerse y
hasta de ser atropellada por algún vehículo, de esos que andan como en una autopista
en plena AV LARA.
Fui hasta donde estaba la señora, le di mi brazo como apoyo,
a lo que aquella viejita solo alcanzó decirme: “un momento, despacio, ya lo suelto”,
yo simplemente obedecí, como si fuera mi madre quien me hablaba en ese instante.
Esa viejita ni se dio cuenta que yo venía molesto, esa
viejita me salvó de aquella ira la cual seguramente me iba a generar algunas células
cancerígenas a mi cuerpo, Esa señora me permitió darme cuenta que lo más
importante de aquella mañana no era ir a ninguna reunión. Lo más importante era
salvarla a ella, así como ella me salvó a mí.
Manuel González

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