Crónica de lo cotidiano
Por: Rafael Rodríguez Olmos
“Yo vengo todos los días. No
porque sea bachaquera, sino porque nunca puedo comprar completo. Y hay días que
toco con suerte y hay pollo. Eso sí es grave señor, cuando llega el pollo.
Mire, se matan. Aparecen unos colombianos con las mujeres y los muchachitos y
empiezan a amedrentar a todo el mundo para que les vendan los puestos. Y eso
genera una trifulca. La otra vez, una señora no quiso dejarse amedrentar y le
cayeron a golpes. Ella se defendió y fue peor porque aparecieron otras mujeres,
unos chamitos y hasta hombres. Y al final, ahí, apareció un disque reserva y
salvó a la mujer toda moreteada. Eso pasa todos los días señor, figúrese que la
otra vez, una mujer le rompió un paquete de harina Pan en la cara a un policía
nacional y el tipo se quedó tranquilito. No hizo nada. Y todos están
encompinchados. De repente sale un tipo que dice que es el gerente y dice que
se acabó el pollo o la leche y él diciéndolo y por detrás salen los trabajadores
con cajas de pollo y con bultos de leche. Pobrecito mi Chávez señor, todo lo
que construyó para que estos desgraciados lo acabaran. Ya a mi me queda poco,
pero yo pienso en mis nietos y qué pasará con este país si se acaba todo esto,
señor, qué pasara”, fue la dura narración que me hiciera Luisa Graciela (“el
Graciela por mi abuela, ponga ahí, porque está en el cielo y está pendiente”)
de sus vivencias cotidianas en el Mercado Bicentenario de la avenida Bolívar,
aquí en Valencia.
Es que hace varios días me dio
por visitar mercados y corroborar un
palpo preocupante que tengo desde hace unas semanas: la gente se está cansando
y puede reaccionar en cualquier momento de manera violenta, incluso instigada
por los enemigos que están al acecho. Me acuerdo de Miguel, quien a pesar de
ser un autodidacta, tenía una capacidad excepcional para analizar las
coyunturas sociales. Creo que esa formación marxista, combinado con ese
conocimiento profundo del pueblo, es lo que le daba esa puntería. Tenía una
precisión extraordinaria para eso. En una oportunidad me explicó “las masas a
final de cuentas no tienen que pensar nada. No están obligadas. Al ciudadano
común poco le importa si el gobierno funciona, o si tiene conflicto, o cómo
consigue los alimentos. No son sus problemas y no podemos pretender que los
sean. Sus problemas son los de todos los días, si tiene trabajo, si puede hacer
mercado, si hay mercancía en los mercados para él comprar, si hay cuadernos,
libros, uniformes para los carajitos, y si se puede comprar una caja de cerveza
todos los sábados mientras juega dominó o bolas criollas con los amigos. Los
domingos se toma otra caja de cerveza o pasa el día entero viendo televisión y
se acuesta temprano para el lunes comenzar su jornada de nuevo. ¿Qué de especial
tiene esa vida? Nada. Pero es su vida y no tienes forma de cambiarla. Es una
cultura que viene desde la escuela y necesita muchos años para cambiarla. Al
ciudadano común lo único que le preocupa es si tiene un techo, si puede
proteger a los hijos y todo lo que eso significa. No le pida más porque no va a
dar más. La revolución y la política se la dejo Lenin a la vanguardia, pero el
pueblo no es la vanguardia”. Sabio Lenin como siempre. Y sabio Miguel por decir
lo menos.
Me paro frente al Pdval de la Monumental,
un mercado gigantesco que inauguraron hace dos meses. Observo la cola, que no
es una, sino diez, nadie sabe para qué es cada una, pero allí están, unos
gritan, otro se quejan del sol, los mayores de edad, del cansancio y algunos de
que seguro no habrá mucho que comprar cuando les toque entrar. Me encuentro a un
camarada del sur quien me expresa su impresiona de las cosas. “No hermano esta
vaina está fea. Me impresiona mucho la nobleza de la gente que pacientemente
hace la cola, pero no solo se está cansando porque no aparecen los productos o
tiene que ir a diez sitios diferentes a buscarlos, sino que aparecieron las
mafias de los que venden los cupos de las colas. Aquí en este Pdval, hay una
gorda de mierda como con diez mujeres que son delincuentes. Se amparan en que
son mujeres y la mierda de ley esa de Género. La policía ni la ve para que no
venga la estúpida Fiscalía a defenderla. Pero fíjate que la otra vez, cortaron
a una enfermera con un pico de botella, y mírala ahí como si nada. Y de paso la gente se termina de arrechar cuando
se acaba la mercancía porque la mitad se la lleva la Guardia Nacional, la
Policía Bolivariana y los empleados que ahora también bachaquean. Está
complicado esto hermano. Creo que llegó a su punto crítico y cuando explote la
violencia, no tendrás forma de resolverla sin represión. Y de paso, el mismo
gobierno persigue a los movimientos sociales”.
Iba a hacer un alto en un
supermercado de La Isabelica, pero preferí pasar por el mercado periférico de
La Candelaria. Allí me encuentro a un amigo vendedor de queso que ya dejó de
venderlo porque tiene más de dos meses que no consigue a menos de 450 el kilo.
“Pero no puedo vender un kilo de queso a mil bolívares hermano, ¿A dónde vamos
a parar? Mi amigo Conversaba con un amigo suyo que me abordó como si me
conociera. “Pero si tu eres periodista, porque no le escribes a Maduro que los
vendedores pequeños de repuestos no somos culpables de nada. ¿Tú crees que yo
no sé que es un atraco vender una bujía a dos mil bolívares? Y qué carajo hago
si el poderoso, que es el importador, me la vende en 1.800. ¿Quién me paga el
alquiler, los impuestos y los empleados? Ahí yo tengo gente que tiene 20 años
conmigo, les cargué a los hijos que ya están en la universidad. Ahora que son
unos viejos igual que yo, cómo les digo que los tengo que botar, pero estoy
cerca de cerrar, porque no solo no tengo mercancía, sino que me descapitalicé,
porque lo que vendí con dólar a 150, ahora lo pagué con dólar a 500. Estoy
abriendo medio día para no cerrar definitivamente”.
Con esa descarga, ni siquiera
quise entrar a preguntar nada, porque estúpidamente el gobierno tiene regulado
el kilo de pollo a 65 bolívares, aunque es imposible encontrarlos por menos de
400. Y la carne de res debe venderse en 250 bolívares, aunque los comedores de
vaca la pagan a 1.200 y los carniceros aseguran que es imposible venderla a
menor precio.
“Lo que yo sí sé es que la mitad
de lo que se produce va directo para Colombia, Trinidad y Curazao, en
complicidad con funcionarios del gobierno y guardias nacionales -me dijo un
capitán de la Guardia Nacional Bolivariana. Son generalotes, qué quieres que te
diga. Tú haces un decomiso en un operativo y de una vez te tachan de pajuo. Y
si te pones cómico, hasta te mandan a matar. ¿Para dónde crees tú que va toda
esa producción que hacen en Diana? No seas tan pendejo camarada. Esto es muy
arrecho. Pero muy arrecho. Ya hablé con mi familia. En diciembre pido la baja,
porque esta mierda no es lo que yo soñé”. Fue su rápida explicación antes de
que un sargento se le acercara “mi capitán, lo solicita mi comandante”. Me
apretó la mano y se despidió con una mirada de que no me busques mucho porque
me tienen vigilado. Así que me despedí respetando las intenciones que
expresaban esa mirada.
“No importa. Tranquilas. Ya la
patria se les acabará a estos malditos que quieren obligarme a comprar haciendo
esta mierda de cola”, le escuché decir a una encopetada Paola –así la llamó una
acompañante- mientras pagaba en una de las cajas del Central Madeirense de El
Parral. Había cuatro mujeres entre los 50 y los 70. Lucidas, ropa de marca,
olorosas a Carolina Herrera. “Coño chica, pero cómo puede ser posible que un
cachito cueste 150 bolos no joda”, le decía una a las otras. “Y el café con
leche 70 chama. ¿Será que lo traen de Paris?”, comentaba la más joven, como de
50, bien conservada, buenota y la más
agresiva de las cuatro. “No mana quiero irme para el coño, pero Rubén no
se quiere ir. Tiene mamitis. Y de paso Andrea tiene novio… La otra vez se los
dije, que si me arrecho mucho, me voy sola, porque Marcos Rubén sí se viene
conmigo. Pero es que no aguanto chama ver a este montón de chusma haciendo
cola. Por donde tú vas hay colas. Yo nací aquí en Valencia y nunca vi tanta
gente. ¿Será que los chavistas los trajeron? Chama porque yo no sabía que había
tanta gente. Y ahora pregunto yo, de dónde saca esa chusma dinero para comprar,
porque son empleados, se nota, con un vestidito, unos zapaticos ahí de dos mil
bolívares. Tiene que ser que el gobierno les da dinero para comprar”, expresó
en su honda reflexión sobre la familia, sus problemas y el país, zarandeando
sus voluminosas tetas operadas. “Ay chica a esa gente no le importa nada.
Venden droga, mandan a los carajitos a robar, ponen a las hijas de puta. Tiene
un marido hoy, otro mañana. Esos consiguen como sea, le montan cacho al marido,
viven como animales, en un rancho, no limpian. Por eso es que esos operativos
de Mercal, tú no los ve, son como animales, es como si el gobierno le estuviera
dando comida a los cochinos. A esos no les importa si el dólar aumentó, ni un
coño. Esos nunca tuvieron derecho a nada, pero apareció un coño de su madre
como Chávez a decirles que si ellos tenían derecho, que si esto que si aquello.
Pero esos no son nada”.
Ese análisis sociológico de la
desquiciada clase media me dejó perplejo. Después de eso, me he preguntado
reiteradamente, qué pasará por la cabeza de esas mujeres. Cómo serían con una
cuotica, pequeñita, de poder, que pudieran digamos, matar a alguien. Lo patético
es que todas piensan igual. Tiene a Miami para que los envenene y a un gobierno
que trata la situación con guantes de seda, como para no hacer ruido.
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