El hampa y
el gobierno eunuco
Por: Rafael Rodríguez Olmos
La delincuencia
es un fenómeno estructural extremadamente complejo. Creo que nunca se le trató
en su justa dimensión como tal. Durante la Cuarta República se cortaba por lo
sano, es decir, matar a los delincuentes o llenar las cárceles. Lo que la clase
política de ese momento nunca quiso aceptar, es que efectivamente ese
delincuente cometía delitos soportado en su necesidad de sobrevivir, más bien
existir. Son muchas las anécdotas de presos con retardo procesal de hasta diez
años que cometieron el delito de robarse una mano de cambur en un supermercado.
Es decir, en tiempos de la Cuarta República y nacida la Quinta, la delincuencia
era la consecuencia de una enorme desigualdad social. Había que robar para
comer.
Pero es un
hecho, y el gobierno no lo quiere aceptar, aunque Chávez tampoco lo aceptó, que
la delincuencia mutó. El delito hoy no es por hambre, sino por un derrumbe de
la estructura moral de la sociedad. El lumpen que categorizó Marx, es ahora una
especie de Frankestain, extremadamente peligroso y groseramente violento.
Uno de los
primeros errores de Maduro, de los tantos que ha cometido, fue aceptar de los
militares la petición de eliminar los portes de armas, bajo una ley con
características peligrosamente fascistas. Sigue sin entender que las armas no
matan a las personas. Son las personas las que matan a las personas. Esa ley
desarmó a todo aquel que tenía un arma guardada en su casa para defenderse. Fue
el momento crucial para el delincuente, pues estaba convencido de que podía
entrar a una casa y no le iban a disparar. Es más fácil ahora, entrar a
cualquier vivienda y no esperar un disparo. Es decir, la ley condujo a que los
crímenes se incrementaran.
Hoy día, la
delincuencia es un complejo problema estructural. Combatir el delito obliga
necesariamente a la presencia de un Poder Judicial no podrido y ni penetrado.
Exige un Sistema Penitenciario que no esté en manos de la delincuencia, y un
Sistema Policial no aliado a las bandas, o no conformado en bandas. De hecho,
la mayoría de los enfrentamientos, no se producen porque la policía estaba
persiguiendo a unos malandros, sino porque a los malandros les hicieron un
tumbe y éstos se la desquitaron. Es decir, un vulgar enfrentamiento entre
bandas, solo que una es la representante de la ley. Investiguen un hecho que en
Aragua y Carabobo se conoció como “El tumbe de San Vicente” y verán lo que
digo.
Ya desbordado el
gobierno por el hampa, optó nuevamente por la improvisación: unos operativos
exageradamente costosos que utilizan hasta 900 hombres, en donde se cometen
excesos aunque no se quiera y cuyos resultados son realmente pírricos, para no
llamarlos mediocres. O díganme si la utilización de 700 efectivos, equipos,
helicópteros y toda la parafernalia del caso, para agarrar a un malandro con un
chopo y un machete, no es un resultado mediocre. Hay sin duda muchas
conclusiones inmediatas, pero eso lo tocaré en otra oportunidad.
La delincuencia
hoy es diametralmente distinta a la de hace 20 años. Lo que llamábamos
malandros hace 30 años, eran hermanitas de la caridad frente a los de ahora.
Aunque había pichones de malandros, no había malandros pichones. Era tarea de
adultos. También habían códigos: en el barrio no se roba, a la gente del barrio
se le protege.
Nada de eso
existe hoy. Comenzando porque ya hay niños de 12 años con cuatro muertos
encima. Hay niños que a los nueve años ya han matado y hay niñas de 15 con una
capacidad de violencia tal que impresionan a sus propios compinches. Son partes
de ese fenómeno.
Esta
delincuencia de ahora no es solitaria, no actúan motus propio, son gregarios,
operan por grupos. Hay una voz de mando, lugares tenientes y tropas. Todos
tienen que bautizarse, es decir, matar a alguien para pertenecer, si mata a
alguien de otra pandilla, el reconocimiento es mayor. Se reparten territorio y
en algunos casos se respetan la fuente de ingresos. Esta actuación por bandas
los ha hecho más peligrosos aún. Ahora no solo tienen recursos, sino logística,
territorio y mucho dinero para comprarle armas a quienes luego mataran, a
policías y militares. Un fusil cuesta 1.5 millones, una pistola 9mm 900 palos.
Una ametralladora .50 cuesta entre 2 y 3 millones, una granada cuesta entre 200
y 300 palos, pero si compran la caja tienen una rebaja. Hay bandas de hasta 200
hombres, cuyo control del territorio, conlleva a que toda la comunidad se
involucre de una u otra forma. Los que se niegan ya saben qué les toca. Y han acumulado
tal poder, y se sienten tan protegidos que son capaces ya de poner sus propias
alcabalas en las carreteras del país para atracar a la gente. Eso acaba de
ocurrir cuando una pandilla de delincuentes, muy jóvenes por cierto, puso una
alcabala en la vía de oriente y secuestraron a dos militares. Y no es la
primera vez que se ponen alcabalas de ese tipo en el país, son más comunes aún
en algunas vías del llano, donde un sujeto apodado El Picure, se ha burlado del
Estado como le ha dado la gana. Sin duda que con complicidad.
Dos elementos
nuevos se incorporan a este fenómeno: uno, el paramilitarismo que controla
territorios, manda en las barriadas y decide qué se hace y qué no, es un
fenómeno terriblemente preocupante tanto por su poder de fuego, como por su
poder económico y el terror que infunde en las comunidades; y dos, la
incorporación de sectores de la Fuerza Armada al hamponaje. Ya podemos hablar
de muchos oficiales detenidos por delitos de diversos tipo como el
narcotráfico, o el caso reciente de dos sargentos de la Guardia de Honor, nada
menos, atracando a un ciudadano con sus armas de reglamento. Hay un agregado
más al tema de los militares, y es la extracción de armas del parque para
venderlas a la delincuencia. De la cárcel de San Antonio en Margarita, sacaron
dos mil armas, según expresó la propia Iris Varela; de El Marite sacaron
fusiles R-15 y 9mm de los que usa la Guardia Nacional comprados hace poco
porque son armas de combate urbano, escopetas de repetición y granadas, muchas
granadas. Cómo armas que son del exclusivo monopolio de la Fuerza Armada, están
en manos del hampa y en las cárceles del país.
Ni el llamado a
la paz de Maduro, ni la propuesta de entregar las armas a cambio del perdón,
pudieron eliminar el hampa. Por el contrario, la inseguridad es hoy mayor que
en la Cuarta República, los barrios regresaron a niveles de marginalidad que
nadie puede imaginar, los pranes controlan las cárceles, los oficiales del
ejército van a la cárcel a rogarle al pran que le entregue su vehículo, el hampa
está organizada en bandas de hasta 250 hombres que controlan territorio, cobran
vacunas, controlan el narcotráfico, controlan escuelas, liceos, tienen negocios
establecidos y tienen sociedad con la policía y sectores militares.
Eso es
absolutamente real hoy en Venezuela. Después de las cinco de la tarde es
imposible ver una patrulla, y las comunidades están comenzando a tomar la
justicia por sus propias manos. Por ejemplo, los medios no reseñaron el ajusticiamiento de cinco
delincuentes en un barrio del sur de Valencia. Tenían entre 25 y 17 años.
Participó una turba de más de 60 personas donde había hasta niños de diez años,
mujeres y hombres para lincharlos. Les tiraron bloques de escombro en las
caras, quizás para borrar a aquellos seres de la faz de la tierra, quizás para
que quedaran irreconocibles. Eso está ocurriendo cada vez con más regularidad
en los barrios de Venezuela.
Mientras tanto,
los niños son los espectadores de lo que ocurre en ese 70% del cordón
venezolano que jamás imaginé estuviera convirtiéndose de nuevo en el tan
cacareado Cordón de Miseria de la Cuarta.
Una amiga me
narró llorando que le preguntó a su hijo de 10 años qué quería ser. “Quiero ser
como Niño perro, te acuerdas mamá. Quiero tener muchas carajitas, billete y una
pistola para que todos lo respeten. Si alguien miraba a Niño Perro, les daba un
tiro, lo escupía y se iba riendo, pero era poderoso, ya lo mataron”. Su mamá no
supo que responderle sino que se puso a llorar, “Rafael, Niño perro tenía 15
años cuando lo mató la policía. Ya no hago más que llorar, quiero irme de
aquí”. “Y no quieres estudiar”, le preguntó. “Para qué mamá, eso no da
billete”.
Ese hecho
narrado por mi amiga, es una consecuencia de la delincuencia de hoy, su poder y
la imagen que refleja en los más pequeños.
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