La matanza
Por: Rafael Rodríguez Olmos
El mayor tenía como 25 años y el
menor unos 17. Entre los cinco sumaban más maldad que Ares, aquel Dios de la mitología
griega. Protegidos por sus pistolas y la capacidad de descerrajarle un tiro a
cualquiera. Así controlaban a toda una comunidad de tres calles en aquel barrio
al sur oeste de Valencia, en cercanías del Hospital Central. Nadie osaba acercárseles.
Debieron crecer a la sombra del abandono, en hogar sin padre, de madre drogadicta
o alcohólica. No tenían pruritos, ni patrones morales, solo la capacidad de
hacer lo que les venía en ganas, por lo que ya no valía que los vecinos se
enconcharan en sus casas a las cinco de la tarde. Si a ellos les provocaba
entrar, entraba. No sabían de cortejos, ni piropos, ni enamoramientos,
cualquier mujer con una vagina o un recto para desahogar la erección, era
buena. No importaba si era casada, incluso, no importaba si era mayor o si
estaba enferma pues hasta esa podía servir para el sexo oral.
Los únicos dos hombres que se
atrevieron a protestar, hace tiempo son alimento de los gusanos en el
cementerio municipal que queda cerquita. El miedo y el institnto de vivir,
podía más que el enfrentamiento y la reacción colectiva. Se cansaron de llamar
a la policía. “Hasta hablamos con un teniente coronel de la Guardia del Pueblo.
Nos dijo que nos ayudaría y nunca más volvió. Después supimos que había ido a
Tocuyito a rogarle al pran para que le devolvieran su carro. Quedamos a la
buena de Dios y de esos salvajes. De esos monstruos que vinieron al barrio para
apropiarse de todo. Este es su territorio. Me quiero mudar pero no tengo cómo.
Si a mi esposo le dan las cuatro de la tarde en la calle, no quiero que venga.
Me da mucho miedo”, me contó mi amiga con lágrimas en los ojos.
Así vivían en esa comunidad.
Ellos eran los reyes de la calle, los impunes, los que con hablar, todo el
mundo se atemorizaba. El verbo de una pistola es muy convincente. Si el de la
pistola se droga, más aún. El viernes primero de abril decidieron que vivirían
todos en una casa. Así que escogieron la mejor y les dijeron a sus propietarios
que se fueran, un matrimonio y tres niños. Recogieron todo y se marcharon a
casa de una amiga que vive más abajo. Ellos, simplemente tomaron posesión de
aquel hogar. Allí era la música, allí la droga y el alcohol, allí las armas,
allí las carajitas para culear. Ignorantes, animales, sin educación, sin
costumbres, no previeron que la tolerancia tiene límites. El sábado dos, los
vecinos se reunieron en secreto “hasta estaba la maestra de catequesis para los
chamos que van a la iglesia del otro barrio”, y decidieron que ese era el
límite. Aunque hubo peros, la discusión no duro mucho, la decisión fue unánime
y los planes fueron concretos.
El martes cinco, llegaron a la
casa de la que se habían apropiado. Eran las tres de la mañana. La droga no los
dejaba estar parados, cayeron como piedras en colchonetas. La turba llegó.
“Éramos como 60, habían hasta chamos de diez años”. Los hombres tumbaron el
techo de asbesto que les cayó encima. Ya estaban mal heridos. Fue como la
campanada, como Fuenteovejuna, todos a una le lanzaron bloques de escombros,
listones, piedras, un frenesí que duró casi una hora donde decenas de manos
alzaban bloques y los tiraban contra sus cabezas, quizás en la esperanza de
desfigurar los rostros, de que nada quedara intacto, de que ninguna parte del
cuerpo quedara en su lugar. “Salimos todos de allí como en paz, relajados,
salpicados de sangre, sin ninguna culpa. Fue como si nos hubiéramos quitado un
peso de encima. No dejo de llorar desde entonces”.
Ningún medio habló de los cinco
muertos en ese barrio.
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